Psicomotricidad vivenciada, qué es y cómo se trabaja

La psicomotricidad vivenciada es una forma de trabajar el movimiento en la que el niño juega libremente en un espacio preparado, con materiales que invitan a saltar, trepar, esconderse y construir, mientras un adulto acompaña sin dirigir. No es una clase de gimnasia ni una sesión de ejercicios: es juego con intención.

En el CEI Meraki la trabajamos con los grupos de 0 a 3 años. Aquí te explicamos en qué consiste, qué desarrolla y cómo es una sesión real de principio a fin.

Ilustración de una sala de psicomotricidad con rampa y bloques de espuma, un túnel de tela, colchonetas y una espaldera. Varios niños trepan y gatean mientras una educadora los acompaña agachada. En la pared, un cartel con las palabras «Mover, explorar, descubrir, crecer» y el logo con el rótulo «CEI Meraki»

Movimiento libre con una intención detrás

La psicomotricidad vivenciada permite al niño disfrutar del movimiento mientras descubre guiado por su propia curiosidad. En lugar de proponer una secuencia de ejercicios que todos repiten a la vez, se buscan situaciones espontáneas que respeten la personalidad de cada niño y le empujen a encontrar sus propias formas de expresión.

El niño tiene un espacio donde moverse, experimentar, jugar, crear y comunicarse con total libertad. Siempre dentro de un marco de seguridad física y con unas normas básicas de convivencia que se recuerdan cada día: respeto mutuo, cuidado del propio cuerpo y del de los demás. No hacer ni hacerse daño.

A través de esas actividades motrices los niños investigan, exploran, resuelven pequeños conflictos, conocen sus propios límites, aprenden a relacionarse con sus compañeros y afrontan de forma natural sus miedos.

«Aprender jugando para crecer experimentando.»

Lo que se trabaja en una sesión

El movimiento es el medio, no el fin. A través de él se trabaja el desarrollo motor, el emocional, el social y el cognitivo, los cuatro a la vez y en la misma media hora. Un niño que negocia un turno para subir a un bloque está haciendo las cuatro cosas.

En relación con los demás

El objetivo general es que el niño interactúe de forma activa con el entorno y con sus compañeros, y que vaya construyendo el hábito de compartir y de cooperar. En esta edad eso no se enseña explicándolo: se aprende teniendo que negociar quién sube primero al bloque.

En relación con su propio cuerpo

Los objetivos específicos son el equilibrio, la coordinación y la estabilidad corporal. Un niño que ha saltado desde una altura que él mismo ha elegido, que se ha caído de forma controlada y que ha vuelto a subir, está construyendo un conocimiento de su cuerpo que ninguna ficha puede darle.

Treinta o cuarenta minutos, tres momentos

Una sesión tiene tres momentos: un ritual de entrada, un tiempo de juego libre y un momento final de representación o de calma. Es la estructura propia de la psicomotricidad vivenciada y es la que seguimos.

Las sesiones se basan en el juego libre y espontáneo con materiales diversos. La educadora está presente y atenta toda la sesión: acompaña el proceso y media en los conflictos que aparecen, para favorecer la comunicación entre los niños y reforzar su autonomía. Lo que no hace es organizar el juego ni repartir turnos.

  1. Momento 1 Ritual de entrada

    Nos quitamos los zapatos, nos saludamos y nos reconocemos como grupo. La educadora explica qué vamos a hacer y recuerda las pautas de seguridad y la importancia de jugar con cuidado. Quitarse los zapatos no es un detalle menor: marca que se entra en otro espacio y en otro tipo de juego.

  2. Momento 2 Desarrollo del juego

    Es la parte más larga y la que cambia cada día. Aparecen tres tipos de juego, a veces los tres en la misma sesión:

    • Juegos motrices. Saltos entre bloques, caídas controladas, equilibrios, giros, rodamientos, juegos de esconderse.
    • Juegos simbólicos. Construcción de refugios y casas con colchonetas. El momento en que un montón de espuma se convierte en una cueva.
    • Representación y expresión, con los más mayores. Escenificación de cuentos o de vivencias en las que los niños se identifican con los personajes y representan distintas situaciones.
  3. Momento 3 Ritual de cierre

    La educadora hace un resumen breve y anima a los niños a recoger el material. Se comparte lo que ha pasado: qué has construido, qué te ha dado miedo, qué has conseguido hoy que ayer no. Ese momento de poner palabras es el que consolida la experiencia. Terminamos volviendo a ponernos los zapatos y despidiéndonos hasta la próxima sesión.

Y esto no se aplica igual con todos

Esa es la estructura. Lo que cambia es cómo se aplica, porque un bebé de pocos meses y un niño de dos años y medio no están en el mismo sitio.

Con los mayores la secuencia se sigue entera, con su ritual de entrada y su momento de representación al final. En el aula de los más pequeños no tendría sentido aplicarla de forma literal, así que se modifica: se respeta su etapa y se ofrecen propuestas acordes a su desarrollo. Ahí el trabajo es el desplazamiento, el equilibrio, las alturas pequeñas y el contacto con superficies distintas, con una educadora al lado.

La estructura está para sostener la sesión, no para que el grupo se adapte a ella.

Dónde la hacemos y con qué la preparamos

Las sesiones se realizan en el aula multifuncional, que es el espacio más amplio del centro y el que permite montar y desmontar estructuras sin que nadie tenga que apartarse. Ahí hacen la psicomotricidad gruesa los mayores, con distintos módulos y materiales, y ahí hacen también sus sesiones los niños de 1 a 2 años.

Para prepararlas trabajamos con documentación y material de referencia sobre psicomotricidad vivenciada de 0 a 3 años. Lo hemos estudiado y es la base con la que planificamos y desarrollamos cada sesión: de ahí sale la estructura que acabas de leer, y de ahí sale el criterio para adaptarla a cada grupo.

Y lo que no vamos a decirte

Ninguna de las educadoras tiene hoy una formación específica ni un curso acreditado en psicomotricidad vivenciada. Lo decimos aquí, en la página que habla de ello, y no en una nota al pie.

Lo que hay es lo que acabas de leer: material de referencia estudiado, una estructura de sesión que se sigue, y una forma de adaptarla a cada edad. Es una de las líneas de trabajo que más nos interesa desarrollar y seguimos formándonos en ella. Preferimos contarte con detalle lo que hacemos hoy antes que presentarlo como una especialidad cerrada.

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Preguntas sobre la psicomotricidad vivenciada

¿Qué es la psicomotricidad vivenciada?

Es una forma de trabajar el movimiento en la que el niño juega libremente en un espacio preparado con materiales que invitan a saltar, trepar, esconderse y construir, mientras el adulto acompaña sin dirigir el juego. Se diferencia de la psicomotricidad dirigida en que no hay una secuencia de ejercicios que todos repiten: cada niño decide qué hace, con qué y con quién.

¿En qué se diferencia de una clase de psicomotricidad normal?

La diferencia está en quién decide. En una sesión dirigida, el adulto propone el ejercicio y los niños lo ejecutan; en una sesión vivenciada, el adulto prepara el espacio y los materiales y después observa, acompaña y media cuando hace falta. El objetivo no es que el niño ejecute bien un movimiento, sino que descubra de lo que es capaz su cuerpo.

¿Cuánto dura una sesión?

Entre treinta y cuarenta minutos, repartidos en tres momentos: un ritual de entrada, un tiempo de juego libre —que ocupa la mayor parte— y un momento final de representación o de calma, en el que se recoge el material y se comparte lo vivido.

¿A partir de qué edad se puede hacer?

Se puede trabajar desde el primer año, adaptando la propuesta a cada etapa. Con los más pequeños la estructura no se aplica de forma literal: se modifica respetando su momento evolutivo y se trabaja el desplazamiento, el equilibrio y la exploración de superficies y alturas pequeñas. Con los mayores se sigue la secuencia entera y aparecen el juego simbólico y la representación de cuentos y situaciones.

¿Es peligroso que los niños salten y trepen?

Saltar y trepar tiene riesgo, como cualquier propuesta de movimiento, y lo que hacemos es reducirlo: la sesión se monta de antemano con materiales blandos, alturas ajustadas a la edad del grupo y unas normas básicas que se recuerdan al empezar. La educadora está presente y supervisa toda la sesión, aunque no dirija el juego, y retira o cambia lo que ese día no encaje con el grupo. Medir los propios límites en un espacio preparado es parte de lo que se aprende en estas sesiones.

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